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Giles asideó los angeles vista. Lucy se burlaba de él, como de costumbre, riendo. —¿En marcha? —preguntó Bartholomew—. �Va a dar comienzo el próximo acto? Y se levantó de los angeles silla. Sin reparar en los angeles señora Manresa ni en Lucy, se alejó. —Golondrina, mi hermana, oh, mi hermana golondrina —murmuró Bartholomew mientras caminaba detrás de su hijo y rebuscaba para dar con su cigarrera. l. a. señora Manresa se sentía molesta. �De qué le había servido sentarse en el suelo? �Se habrían marchitado sus encantos? Ambos se habían ido. Pero, mujer de acción, abandonada por el sexo masculino, no estaba dispuesta a sufrir las torturas del aburrimiento a manos de aquella refinada y anciana dama. Se puso en pie, llevándose las manos al cabello, como si hubiera debido estar allá desde hacía un buen rato, aunque no los angeles llamaba ningún deber y llevaba el cabello perfectamente arreglado. Cobbet, en su rincón, comprendió a l. a. perfección el jueguecito que l. a. señora Manresa se llevaba entre manos. Había conocido los angeles naturaleza humana en Oriente. period igual en Occidente. Las plantas permanecen, el clavel, l. a. zimmia y el geranio. Automáticamente miró el reloj; pensó que a las siete debía regar; y observó el jueguecito que se llevaba aquella mujer siguiendo al hombre a los angeles mesa, en Occidente como en Oriente. William, junto a los angeles mesa, en compañía de los angeles señora Parker y de Isa, les vio acercarse. Armado y valeroso, osado y ardoroso, firme y poderoso, los angeles marcha well known sonaba en su cabeza. Y los dedos de l. a. mano izquierda de William se cerraron con firmeza, subrepticiamente, mientras el héroe se acercaba. l. a. señora Parker se quejaba ante Isa, en voz baja, del tonto del pueblo. —Oh, ese tonto… —decía. Pero Isa permanecía inmóvil, contemplando a su marido. Sospechaba que l. a. señora Manresa iba tras él. Le parecía oír, en los angeles penumbra de su dormitorio, los angeles explicación de siempre. Daba igual, los angeles infidelidad de él, pero no l. a. de ella. —¿El tonto? —contestó William a los angeles señora Parker, en lugar de Isa—. Es toda una tradición. —No cabe duda… —dijo los angeles señora Parker, y le contó a Giles los angeles escalofriante sensación que el tonto, �Tenemos un tonto en nuestro pueblo», le había producido—. No cabe duda, señor Oliver, de que nosotros somos más civilizados. —¿Somos? —preguntó Giles—. �Nosotros? —Dirigió una mirada a William, una sola. Desconocía su nombre; pero sabía qué estaba haciendo su mano izquierda. Había tenido suerte por poder despreciar a William y no a sí mismo. Y también a los angeles señora Parker. Y no a Isa, no a su esposa. Ella no le había dirigido ni una palabra. Ni tampoco lo había mirado. —No cabe duda, �verdad? —dijo l. a. señora Parker mirando a uno y a otro. Entonces Giles hizo aquello que, para Isa, constituía un ardid de su marido; apretó los labios, frunció el entrecejo; y undertakeó los angeles actitud del hombre que lleva sobre sus hombros l. a. carga de l. a. tragedia humana, el ganar dinero para que Isa lo gastara. —No —dijo Isa, con toda l. a. claridad que pueden tener las palabras—, no te admiro. —Y no le miró a los angeles cara, sino a los pies—. Niño estúpido, con sangre en las zapatillas.

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